Almas de cristal y niebla

No te pierdas el nuevo libro de Marta Abadía, “Almas de cristal y niebla“, una novela sobre amor y desamor, sobre supervivencia y dolor, sobre pérdida y sanación, donde dos mujeres jóvenes, enamoradas de un mismo hombre, se pierden y se encuentran. Es humana, desgarradora, pero llena de esperanza. Está llena de poesía, de emociones, de vida… Te va a conmover.

 

 

Noria del mar

Muere la tarde.

El viento sopla y pone estrellas en la noria

que da vueltas sin tino en la garganta,

amor que arde,

calor que va y que viene en la memoria.

El pecho vuela

y el vino se atraganta

y el sol ya no anochece, se rebela.

 

Y es que tu risa

como cuna de nube, como brisa,

hoy se me enciende,

habla lavada,

está inspirada,

y, cuando la miro, me comprende.

 

Yo te guardaba

un poco de mi niebla con un beso

para tu espalda.

El corazón, doblado por el peso,

no sabía.

Pero quiso aprender lo que podía,

como un papel

escrito por la lluvia:

un cielo que diluvia

por la piel.

 

Y va pasando el tiempo.

Y la memoria,

con su aliento pequeño,

es una noria,

un haz de sol norteño,

un trocito pequeño de la historia.

Un carrusel tapado

que un ingeniero loco hace girar.

Está agitada,

es un planeta con fiebre de jugar,

como tu risa:

se va sin saludar, pues tiene prisa.

Pero, anochece,

la tarde empieza a morir,

y que otros puedan decir

que ya amanece…

para tirar

un verso al mar… donde… parece…

…un dedo de clavel

que escribe escenas

esparciendo su miel

por las sirenas.

 

Sobre mis hombros la luna brilla

empapada de luz junto a la orilla.

El viento hace su oficio

avivándome en la cara tu sabor.

Son fuegos de artificio,

son temblor,

son chispas o destellos

que explotan junto a ti

riéndose de mí

por saber de ellos.

 

Y es que el saber de un verso

recuerda el sabor del mar

con su blando rielar, que huele a beso.

 

Era una hora tibia con sus flores

trepando muy despacio por la tapia

atando entre sus tallos los colores.

La tarde, sabia,

venía con sus cosas. Mis amores

sentados en las sillas

se peinaban;

las rosas, lidiando con las lilas,

los miraban.

El cava y los amigos, con sus bromas,

perseguían mi sombra por las lomas.

 

He volcado mis venas de poeta

regando por la mar mi corazón.

Desnudo queda el rostro y el poema,

dispuesto a germinar con su canción.

Ya crece por la espalda,

se enreda por los brazos,

se agita por el borde de la falda

con sus lazos.

 

Que amar o haber amado…

es un bautismo, un mar de noria,

un sol de sal, un exorcismo

que siembra por mi cuerpo su victoria.

Soluciones

(Para las mujeres que logran escapar a la muerte machista y encuentran la fuerza de la amistad de sus amigas:)

No quiero recordar, pero me extiendo

en lágrimas que blindan mi figura,

mi rostro, mi cadencia, mi premura,

mi ser, mi roto: un roto que no entiendo.

 

Mi boca ya está helada componiendo

canciones que se traman en ternura,

y flotan en la nada y, en la albura,

se vierten en la nada de mi atuendo.

 

Descanso como ninfa y, como pupa,

la vida que me espera me prodiga

la suerte que mi vida desocupa.

 

Soy blanda mariposa, soy espiga

que mece con sus barbas y me agrupa

volando a la amistad de mis amigas.

Amanda y yo

“Somos también aquello que perdemos”

(Octavio, en la película: Amores Perros)

Amanda dormía con una fotocomposición, que le regalé hace tiempo, debajo de su almohada. En ella, su sombra azulada acaricia dulcemente la sombra de un niño diminuto, dormido en el cuenco de sus manos.

Cuando, una mañana, soñadora y transparente, besando esa imagen que yo le di y nunca abandonaba, Amanda me pidió que la acompañase al ginecólogo, pensé en una visita sin trascendencia, una revisión de rutina. Yo tenía muchas cosas que hacer, pero se había despertado tan inquieta, que no quise dejarla sola.

Fuimos en silencio.

Callar es algo insólito entre Amanda y yo, que somos capaces de encontrar temas de conversación en todos los anaqueles de la vida y, desde que estamos en pareja, soltamos la risa en cualquier parte, por cualquier cosa.

Pero, camino de la consulta, se instaló tal opresión en nuestras almas, que terminé agarrando a Amanda de la mano como si fuese una niña pequeña y, soplándole entre los dedos, a modo de beso, le susurré un: “ya verás, mi amor, no será nada”.

Mucho antes de conocerme, cuando todavía era muy joven, Amanda tuvo un novio, con el que vivió seis años. Fiel a su propio nombre, ella amaba a su compañero y, como marca de permanencia y compromiso con la vida, empezó a soñar en tener con él un hijo o dos.

Pero él no quería hijos: esa preocupación, esa atadura.

Por eso, para impedir un embarazo indeseado, durante años, siguieron atentamente los ritos del cuidado de la píldora y, en los descansos, practicaron los diversos métodos que, de un modo u otro, dificultan la relación entre los cuerpos. Pero no importaba: vivir así se convirtió en normal. Amanda juraba que puso todo su empeño en no defraudar a su compañero. Y, no obstante, se quedó embarazada.

Él entró en pánico.

Una especie de furia desatada lo removía: traidora, le susurraba cruel, me has engañado, si te empeñas en seguir adelante con ese hijo, no cuentes más conmigo, no estoy preparado para ser padre, no puedes obligarme, tienes que abortar.

Amanda pasó semanas luchando consigo, con él, con su alma, con las opciones, con la idea de tener un hijo sin el padre, con la de no tenerlo, con su cuerpo, con la semilla de vida que le crecía dentro como un implante de grano de arroz, con su trabajo, con sus preguntas, con su futuro, con su dolor.

Al fin, decidió abortar.

Cuando él estuviese preparado, emprenderían juntos el proyecto de otro hijo. Al fin y al cabo, sólo les faltaba un par de años para situarse en el ciclo de la madurez, independientes en el trabajo, desvinculados de deudas.

Fueron a Londres, a una “Termination Clinic”, según supieron que se llamaba. Y en un solo, único, largo, amargo y triste fin de semana, Amanda y un médico de suaves maneras, y unas enfermeras silenciosas, que se movían por el espacio como si llevasen patines de ruedas debajo de la falda, acabaron con la vida de su pequeño ser.

Durante esos días, él estuvo solícito, incluso cariñoso.

Pero, de vuelta en Madrid, el amor se les despistó por completo.

Mientras Amanda recuperaba la naturalidad de su vientre vacío, él salía con amigos y regresaba a casa tarde y borracho.

Tardaron menos de dos meses en reconocer que su relación había sido extirpada en la clínica donde el hijo se les fue a un cubo de basura sanitaria, marcado en lengua extrajera.

Amanda se quedó sola.

Su vida transcurría en la sombra, peleando ahora con la realidad inabordable de haberse deshecho del hijo y esperando encontrar otro amor, otra relación, otro hombre que quisiera hacerla compañera y madre y la volviese a vida. Muchas veces planificó en su cabeza, y visualizó en su intención, sin llegar a nada, métodos de inseminación artificial, imaginó vientres de alquiler, soñó, durante las largas noches de su cama sola, con el curso río arriba de unos espermatozoides anónimos, de un amigo, de un ángel tal vez, que nadaban a través de los oscuros canales de su cuerpo.

Pasaron años.

Amanda llegó a esa edad en que las mujeres —dicen— pierden el enganche con la vida a la vez que cesan los flujos de la sangre.

Y, entonces, la conocí.

A su edad, cercana a la mía, Amanda era una mujer de pelo entrecano, silenciosa, de rostro recogido, amansado por la vida y la no-vida secreta que guardaba, cuyos ojos parecían soñar con un mundo más azul y menos sombra. Su caminar, su mudez, su blanco dolor, me enternecieron.

Nos enamoramos.

Yo, que salía de mis tormentas y naufragios, no había imaginado que otra relación fuera posible para mí. Y ella, tras tanto soñar, tampoco estaba preparada.

Conocernos fue un mazazo, un torbellino, un huracán, un salir de sí, un explotar fuera de mí y entrar en ella y no saber.

Al principio, nos pudo la confusión.

Todo era luchar y rebelarnos.

Era también una rara atracción, un tirón orbital de fuerzas de planeta, hirviendo de celo, de querer y no querer, emprendedor de batallas insurgentes, que, irresistible, nos acercaba a la locura y la necesidad de ser y dejarnos ser así.

Pero ni ella ni yo éramos capaces de decirlo.

Hasta, que un día, la persuasión de la vida explotó sola.

Fue, al fin, ella, mi valiente Amanda, ella quien vino a besarme, y yo la acaricié una eternidad.

Y, así, en la belleza limpia de lo nuestro, hemos vivido hasta aquí.

No tengas miedo, le soplé en la mano, esa mañana en la que ella acariciaba la sombra de su sombra en la foto que le di. Como si fuese una niña pequeña y, a modo de beso, añadí  un “ya verás, no será nada”.

Pero, me equivoqué. Ese mismo día, en esa primera consulta, el médico notó algo anormal en la exploración y le ordenó hacerse pruebas, cuya urgencia asustó a Amanda y me llenó de inquietud. Un mes más tarde, supimos que tenía un cáncer en las trompas de Falopio, en fase media.

Es curable, dijo el oncólogo, hay que operar y después…

Después empezó el largo y triste proceso de intervenciones, chequeos, quimio, radiaciones, vómitos, delgadez, esperanzas de recuperación, descanso, recaídas, nuevas sesiones demoledoras de vómitos y agotamiento, redobladas esperanzas…

En pocas semanas, nuestra vida se convirtió en un molino de viento, mansamente, tristemente, girando alrededor de los médicos y de la muerte.

Cuando Amanda se me fue, compré para ella la más hermosa caja de cerezo y, con la foto de su ser sobre la tapa, la que le di, con mi firma y con mi amor, que la acompañó hasta un final que sigue creciendo, su cuerpo ardió y se convirtió en ceniza.

Hoy, mientras esparzo su polvo amado por el jardín de nuestra casa y mis lágrimas resbalan en ríos por mi rostro, te juro mi amor, Amanda. Juro amarte para siempre, estrella, sol de mis manos, frente de mi frente, mujer querida, compañera de vida que, siendo yo también mujer, nunca había soñado.

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Entrevista en la UOC

Entrevista a Ángela Munuera Bassols, estudiante de la licenciatura de Estudios de Asia Oriental: «Nunca es tarde para aprender»

24 febrero de 2014

Cuando Ángela Munuera tenía 57 años, la jubilaron por culpa de una enfermedad que le provocó una discapacidad auditiva y visual. En lugar de resignarse a la jubilación, se puso a estudiar (psicología, música, idiomas…). Y a escribir (ha ganado varios premios lterarios y tiene una treintena de libros inéditos). Ahora, cerca de los 69, está apunto de terminar la licenciatura de Estudios de Asia Oriental de  la UOC

Por: Joan  Pla

(Publicado en WOK)

1)   Disculpa el comentario, pero no es muy habitual encontrar estudiantes universitarios de 69 años… ¿Por qué decidiste empezar estudios universitarios?

Bueno, yo creo que nunca es tarde para aprender. Por otra parte, he pasado mi vida siempre estudiando. Me gusta aprender, me gusta el reto de abrir camino a ideas nuevas y a saberes de campos diferentes, me gusta cuestionarlo todo. Cuando me jubilaron (yo era profesora de inglés y recibí el palo de una jubilación forzosa, debido al progreso de la discapacidad visual y auditiva), tenía sólo 57 años. La verdad, no me pareció que hubiese entrado “ya” en edad de “dejarme ir”. Entonces me puse a estudiar psicología en la Open University del Reino Unido, cuando terminé esa carrera hice en la UNED un máster en violencia de género que me llevó cuatro años; y luego me puse a cavilar si sería mejor aprender matemáticas, física o hacer otra carrera de Humanidades, pero en otro campo. ¿Por qué carrera y no estudios aislados o simplemente leer sobre temas en los campos de mi interés?: porque una carrera es un desafío largo y sostenido y, además, me pone en contacto con personas que comparten el mismo interés y el mismo desafío. Eso es muy estimulante.

 

2)   ¿Y por qué Estudios del Asia Oriental en la UOC?

No hay una sola razón, sino varias. Cuando me encontraba en ese impasse de qué otra cosa nueva estudiar, supe por una de mis hijas que la UOC ofrecía esta licenciatura y me intrigó. La UOC me encanta. Tiene un sistema de presentación de los estudios, una metodología, un —digamos— “estilo” que me permite implicarme a fondo en el aula y con mis compañeros y profesores, que mantiene mi interés sostenido y en alza, y siempre en contacto con personas que tienen los mismos intereses que yo. En mi concepto de universidad, descarto aquéllas que simplemente ofrecen programas de estudio, sin cuidar el contacto entre las personas. En mi visión de la vida, una Universidad debe ser un microcosmos de relaciones, un constante reto intelectual y un compartir imprescindible. Además, vivo en el campo y no conozco ninguna otra universidad que ofreciera Estudios de Asia Oriental de forma virtual o a distancia. El tema de Asia Oriental, un mundo en el que era totalmente ignorante, desde el principio me ha fascinado. De hecho, ha revolucionado mis valores, mi cultura, mi posicionamiento ante la vida e incluso mis relaciones personales. Eso ¡sin hablar, por ejemplo, del desafío a mis neuronas con la lengua china!

 

3)   En tu caso tienes la dificultad añadida de padecer una discapacidad visual y auditiva. ¿Cómo lo sobrellevas respecto a los estudios? ¿Utilizas alguna herramienta especial? ¿Te ayuda alguna persona?

Sí, la discapacidad visual es francamente una dificultad añadida a mi vida, pero no sólo al campo de los estudios, sino a todos los campos. Debido a una enfermedad autoinmune adquirida, perdí la visón completa de un ojo y más de la mitad del del otro. Eso es complicado para moverme en todos los terrenos, pues no he tenido aprendizaje con gente que sepa de eso, sino que ido improvisando sola cómo moverme. Por suerte, el cuerpo aprende. Las manos aprenden a reconocer muchas cosas que antes reconocían los ojos. Y la propia visión reta a las neuronas a reconocer aquello que sabían antes y lo van situando. El ordenador es clave en esto. Si tuviera que estudiar sólo sobre papel, no podría, pues mi vista a veces se niega a seguir. Pero gracias a las variaciones de tamaños y colores que puedo hacer en la pantalla, la cosa es mucho más llevadera. La enfermedad cursa en crisis. Cuando tengo crisis, a veces paso semanas sin poder leer tampoco en el ordenador. Pero mi familia me ayuda leyéndome los temas en alta voz y comentándolos conmigo; a veces es difícil, porque tampoco oigo mucho; pero nos vamos arreglando, y vivo en la confianza de poder terminar la carrera antes de quedarme ciega o sorda del todo. Y, si ocurriera, algo haría. Estoy dispuesta a aprender también eso, que (dicen los médicos que…) probablemente… me ocurrirá… No lo pienso: aprovecho el momento: ahora puedo, me digo.

Tampoco escondo mis dificultades y creo que eso es clave, porque la gente me ayuda contenta. Estoy muy agradecida, por ejemplo, a mis compañeros y profesores, que escriben con letra grande en los foros para que yo pueda leer sus mensajes; más de una vez mis profesoras de chino han grabado cosas de forma clara, para que las pueda escuchar y comprender; o, cuando voy a los exámenes, me dan unas sábanas enormes escritas con tipos grandes que leo sin dificultad…

En la universidad inglesa donde estudié psicología, me mandaban cintas grabadas con la lectura de todos los temas, un programa que llevaban compañeros voluntarios para los que teníamos problemas visuales; cosa que me ayudaba muchísimo y me hacía sentir un agradecimiento extraordinario.

 

4)   ¿Y tu familia qué dice del hecho de tener una “abuela universitaria”?

Mi familia está acostumbrada a mis peculiaridades. Ellos entienden que estudiar me da la vida. Mis nietos lo viven con salero. Mi nieta Alma (de 9 años) dijo un día en el colegio que su abuela sabía chino y la profesora me llamó para pedirme que diera un taller a los niños en el ámbito de las diferencias lingüísticas y culturales del mundo. Terminamos representando El Patito Feo en castellano y chino, en un teatrillo de sombras. Mi profesora de chino me ayudó a escribir el cuento en chino y mis compañeros de aula me dieron aliento y risas para seguir. Fue increíble.

 

5)   Háblanos un poco de tu faceta de escritora, por favor.

Escribo desde que era niña. Ser escritora es como vivir dos o más veces: vivir y comprender y volver a vivir y reinterpretar. Tal vez suene un poco esquizofrénico decir que, cuando me “vuelvo escritora”, adquiero una personalidad diferente y hasta cambio de nombre y de ser. Como escritora, mi nombre es Marta Abadía (en homenaje a mi tatarabuela Abadía, madre de mi bisabuelo Munuera Abadía, también escritor). Mi familia sabe que cuando “me vuelvo Marta Abadía”, de algún modo dejo de ser Ángela: no hablo de cosas cotidianas ni duermo ni como ni estoy igual que los otros momentos; sino que me vuelco en un mundo interior de relaciones y símbolos y mensajes que busca nacer a toda costa. En ese silencio, que mi gente respeta, pueden nacer mis escritos.

Vivo con gran fuerza la creación de personajes y de historias; como si crear esos mundos fuese crucial para poder expresar quién o qué en realidad soy. Mis personajes me atrapan y se expresan y me llevan a conocer realmente cuáles son los significados profundos de las vivencias de mi vida, de manera que mis símbolos agarran el mensaje que yo querría dar y lo dicen a su manera, siempre mucho más hermosa y más vívida que la vida “real”. La poesía, por su parte, es como música en palabras, como una cascada de interpretaciones y colores que me baña y, a su manera, baña también mi prosa. Escribir, pues, que es un mundo inventado y simbólico, se convierte en una vida más verdadera y más profunda que el día a día. En todo esto, mis estudios tienen mucho que ver, porque todo lo que voy aprendiendo en vida y libros va saliendo en historias y poemas y se desenrosca de mí como si fueran capas de mi ser que quieren compartirse con el mundo. Es toda una experiencia.

Escribo mucho más de lo que publico. Tengo unos treinta libros inéditos y he publicado sólo siete u ocho (que pueden verse en amazon y en mi web).

 

6)   ¿Has ganado algún premio literario, verdad?

Sí. He ganado algunos, aunque sin mucha fe en los concursos, la verdad.

El primer libro de poemas que envié a un  concurso (El mundo al final) ganó el primer premio, que constaba de algo de dinero y su publicación. Pero hubo no sé qué problema y el libro no llegó a publicarse. Lo mismo me ocurrió con la primera novela (Un mundo tan pequeño); aquí el problema fue una desavenencia con el editor, quien estaba empeñado a toda costa en completar y cambiar escenas de la historia a su manera; y como no se lo permití, decidió que no publicaría el libro. Así, me quedé “compuesta y sin novio”.

Pero, sí he ganado varios premios literarios. Por ejemplo: el Foro de poesía; el Jeromín de cuentos; el María Giralt de relatos; el Altea, de novela; el José Rodao de poesía; el Patio de poesía… Uno de los que más me enorgullecen es el Francisco Giner de los Ríos; aunque era un premio a la innovación educativa, y no a la creación literaria, fue un premio a un taller de literatura en inglés con mis alumnos, que trabajamos durante un año entero, y todo el trabajo estaba lleno de creación literaria que nos hizo crecer a todos como personas.

 

7)   ¿Qué le dirías a una persona mayor o que tenga algún tipo de discapacidad sobre la posibilidad de empezar estudios universitarios? ¿Se lo recomiendas?

Yo no creo en el tópico de que los mayores no pueden aprender. Y tampoco creo en que las discapacidades nos limiten más que la llamada “normalidad”. Nos limitamos porque creemos que estamos limitados. Siempre hay problemas; pero siempre se puede hacer algo. Yo misma soy, en verdad, el ejemplo vivo de que se puede aprender a cualquier edad. De mayor, no sólo he seguido estudiando carreras, sino también lenguas vivas. He aprendido alemán, italiano, búlgaro, portugués y chino. Aprendí de mayor a tocar la flauta travesera y ahora estoy estudiando guitarra clásica. Siempre estoy aprendiendo algo. La vida está tan llena de sensaciones, aventuras y vivencias —y aprender es toda una aventura y una vivencia— que recomiendo a todo el mundo. Pero también sé que eso depende mucho de la filosofía de vida de cada cual y de sus gustos. Recomendar a los mayores que hagan estudios universitarios…, no sé… Cada cual sabrá lo que quiere. Pero recomendar que sigamos aprendiendo algo nuevo siempre, eso sí: ¡Hay tantas cosas! ¡Y tan fascinantes!

 

8)   ¿Tienes algún proyecto pensado para cuando termines los estudios de Asia Oriental?

Realmente, lo que me gustaría es ir a China un tiempo, no como turista, sino a trabajar, quizá enseñar inglés o algo de psicología o castellano… o, yo qué sé, a cuidar bosques de bambú o rescatar pandas… con idea de soltarme en la lengua, pues aquí es casi imposible encontrar personas con quienes hablar chino y me encantaría perfeccionar la lengua, aparte de poder vivir la cultura, conocer gente, hacer amigos…  Pero… entre la progresión de mis problemas de vista y oído, mi edad y mi situación familiar, lo veo difícil. Sin embargo, no lo he descartado. Siempre conservo abierto el horizonte de mis sueños.

Si no puedo realizar ese sueño, seguramente seguiré estudiando y escribiendo. En el campo de la escritura, me queda mucho que decir. Y, además, quiero publicar todos mis libros y deseo que la gente los lea, pues humildemente creo que cada uno de ellos dice algo importante. En el terreno de los estudios me queda mucho que aprender. Me gustaría investigar sobre mujeres piratas chinas. Y también me enfrento a la alternativa de ir cubriendo otros campos que ignoro, por ejemplo empezar en serio con las matemáticas o la física, tan largamente arrumbadas en mis estudios…

14 de febrero 2014

Ángela Munuera Bassols (martabbadia@gmail.com)

Yo era invierno

La editorial Diversidad literaria ha seleccionado este poema de Marta Abadía para su nueva publicación “Versos en el aire II”

 Un verano invencible

“En pleno invierno, descubrí en mí un verano invencible”.

(Albert Camus)

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Foto: Isabel Munuera: “Colores de otoño”

Yo era invierno en la noche de esa plaza

y junto a ti

cuando me dijiste: “Amor…”

Era invierno, porque mi piel

escondía fugas y gacelas pequeñitas

y mis labios aún besaban sin besar

y el aire de mis sienes

congelaba las mareas del vivir.

Era invierno yo

y tú viniste con tu blanca

caricia de la umbría en la solana,

como un cántaro de agua.

Y entonces tú, flor de luz,

prendiste en mi sustancia un verano invencible

y una capa de flores y de espigas

se asentó en mi espalda

al calor de tus estrellas.

Carta a un presidente que declaró la guerra

Foto: Isabel Munuera. Muro

Por fuera, usted no es Dios, parece como cualquiera.
Su cara, señor, ríe con el puro entre los dientes y su boca
dice amigo, niño, casa.
Veo sus manos, su cuerpo, su traje de Emidio Tucci,
sus venas que tendrán sangre, que será roja, pienso yo, como la mía.
Si usted sufre, llorará, y bebe y come y defeca
y habrá nacido de madre, como yo, como nosotros.
No sé cómo ocurrió.
Veo su miedo y sus zapatos,
que son como los nuestros, y deberían
sostenerle a usted entre los hombres.
Pero, ay, a usted le corre el poder
por los vasos de la linfa. Usted es dios.
Veo su cara presidencial. No es como ese mar
de gentes que gritan por las calles.
Gritamos porque somos de lágrima, pero usted no.
A nosotros,
nos duelen las piernas rotas de los niños de Basora
que ya jamás andarán.
Usted descansa.
Amanecía el sol en horizontes de metralla, las sirenas
destrozaban la pintura de la alondra, la primavera
saltaba rota en las callejas entre pétalos y sangre.
Veo el gesto calculado
de usted, señora o señor de los poderes elegidos,
veo su cara diciendo que no importaba,
que está en paz con su conciencia,
que no es momento de hablar.
Y es que dios está dormido.
No sé cómo explicarle, señor. Usted no oye.
Sus ojos, que son de carne, como los míos, no ven lo que veo yo.
Esos ojos son un punto de contacto con un cielo superior,
donde dioses poderosos como usted
ponen ruedas o alas
o misiles en las camas
y, ay, encuentran siervos que guían las máquinas de matar.
No importa la muerte, al fin y al cabo
será su destino también, igual que el nuestro. No es morir
ni la muerte lo que asusta. Lo que duele
es dar yo a vida y amor
el mismo nombre que sale de su boca.
En mi tierra, señor, soñamos
con lo increíblemente dulce y tierno y dolorido
en la mirada de los niños.
Sus ojos inocentes
reflejados en lo blanco de las tapias
para usted no son la pesadilla. No le despertarán
los aullidos de la guerra en sus espasmos, no le molesta
el fragor de las sirenas, piensa usted
que son así, decretados, sencillamente así:
un acuerdo firmado por los dioses en la atroz distancia de sus islas.
Y sin embargo, le digo
(desde fuera, gritando a la fachada de su casa), digo, señor,
que la guerra nació en su pensamiento.
Las guerras se gestan en los coitos de los dioses
con sus leyes inventadas. Y siempre ha sido así:
un dios que decreta la paz arrasando los hogares,
unas bombas que estallan,
una tierra minada y desmembrada. Y así
vuelve a empezar la Puta Historia
con los nombres de dios escritos en sus páginas.
Pero nosotros, los de aquí, ya no vemos las noticias.
Nos conformamos con el sol por horizonte,
nos gusta, sabe, señor,
el viento que da en la cara, nos atraen
los truenos y la lluvia de la tarde, nos confunden
los silbidos de la noche en los escombros.
Vamos, señor, que la paz en que creíamos andar
se nos ha convertido en laberinto.
Sabe, dios, dictador, usted no nos merece.
No puede ejercer su triste oficio (que censura mi sonrisa y no la suya)
si no es porque hay gente como yo que llora por sus hazañas.
Para mantener su vida, que acredita con la muerte de ese alma de tirano,
necesita usted los brazos de los niños,
la vida de los hombres y mujeres derrotados,
la sangre de nosotros, los otros para usted,
derramada en charcos por la calle.
Los veo a ustedes, señor, a los dioses, a vosotros:
Ustedes, presidente y sus adláteres. Para comer
lavan sus manos con esmero,
sacuden de su ropa el polvillo de metralla, cuando oscurece
suben a los tranvías y dejan
sus tripas al pasar volcadas en las cloacas.
Quizá por eso, porque no tienen entrañas,
soberanos de poder, ustedes dictan,
deciden la vida de los otros, de nosotros.
Van sin tripas, señor, con el vientre desfondado.
Viven
con el frío desolado del mandato,
vestidos de poderosos.
Ahora lo veo, señor, de su boca
mana saliva roja, sale
por el borde de sus labios,
resbala por los brazos, por los dedos, hasta el suelo
baba de dios manchando a todos.

Elogio de la poesía

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Foto: Isabel Munuera. Palabras contenidas

A la mayoría le gustan las historias. La novela y el relato son fácilmente comprendidos, no necesitan defensa. El ensayo es incluso valorado como algo sabio y académico. Pero, en nuestra sociedad, la poesía no tiene buena prensa. De hecho, conozco a muchos lectores (de prosa) que afirman que la poesía les cansa o que no les resulta fácil de entender o que no les gusta. También conozco algún “poeta” que cree que la poesía le tocó a él, qué suerte, en un reparto de dones divinos.

Sostengo en cambio que la poesía es primordial, esencial, y de dominio público, porque es lo primero que toca nuestras neuronas, y no la prosa. Lo primero son las palabras poéticas de las canciones, cantinelas, repeticiones y juegos rítmicos que recitamos y entonamos para las criaturas. Y se las cantamos así, llenas de vida, precisamente, para empezar a enseñarles a vivir. Por eso, cuando aprendemos a hablar, al principio, lo que de verdad nos gusta es jugar con las palabras, combinar los símbolos con las cosas. Por eso, la poesía está en la fuente de nuestro “ser personas”.

Lo que ocurre es que, cuando ya la criatura empieza a ir a colegio -y no hablo del jardín o la escuela maternal, cuyas maestras son mi admiración, porque son capaces de crear entornos de juego, poesía y belleza- nuestra vida pasa a un sistema de  bárbaraestructuración, que se ha llamado “enseñanza reglada”. Y allí, entre normas severas, lo que nos enseñan va deconstruyendo la poesía y construyendo la prosa, desconectando el sentimiento, la intuición, la música; y conectándonos a lo todo que se ha llamado llamado “racional y útil”.

Tras pasar entre doce y dieciocho años en la “enseñanza reglada”, la mayoría de personas de nuestra sociedad se convierten -como diría una de mis hijas- en “gente sosa”. Gente que ha olvidado lo esencial de la poesía y la belleza, y en cambio cree que lo importante es saber las reglas de todo lo que es normativo, ser dócil a lo que la sociedad demanda: ciudadanos de la prosa.

Sin embargo es consustancial al ser humano vivir en, por, con y de lo bello. La belleza no es un lujo, sino una necesidad espiritual. Contrariamente a lo que nos explican en las clases de lengua -donde tampoco se aprende a disfrutar de la lectura y la escritura, sino a repetir las leyes severas que rigen el lenguaje estructurado- lo esencial no son las normas. Eso es lo básico, pero, en realidad, para gozar de la lengua, no hace falta aprender la teoría, sino sólo aprender a usarla de forma comprensible (porque si no fuera por los consensos gramaticales, no nos entenderíamos).

Lo esencial, me digo, no está en las normas, sino en los significados y en la posibilidad que la lengua nos da de transformar nuestro pensamiento, nuestro paisaje interior, nuestra vivencia, nuestros sentimientos, nuestra comprensión, nuestra creatividad, nuesta visión del mundo. En definitiva, lo importante es la cualidad etérea y esencial que tiene la palabra de convertirnos en Personas Únicas, capaces de comunicarnos con el resto de millones de personas únicas y con el exterior. Esa belleza no es unívoca -interior, personal- sino compartida, mutua, congregada, recíproca, fluida, plural, interactiva. Cuando hablamos o leemos, si salta la chispa de lo bello compartido, las almas se unen y lo sutil nos arropa. Y eso es la poesía. También por eso la poesía es esencial: porque nos envuelve en belleza y nos guarda, nos hace Personas.

Ser arropada por la poesía, por lo bello, no le sucede a gente “muy leída y estudiada y aprendida”, sino a cualquiera que se deje llevar por las metáforas y los sueños, a cualquiera que construya símbolos éticos y estéticos y los comparta; a cualquiera que sea capaz de sobrevolar su educación y conectar con su niñez. Porque ese maravilloso fenómeno de la palabra bella nos toca el alma desde que nuestra madre nos bailaba los aserrines al darnos la sopa, desde que jugábamos a adivinanzas, desde que cantábamos, desde que leíamos cuentos y mirábamos antes las ilustraciones que las letras.

Es decir, sostengo que nacemos poetas y nos educan para ser gente prosaica.

Y si no me crees, reflexiona un rato sobre las metáforas de uso diario, que incorporamos a nuestra habla; sin pensar, porque forman parte del acervo de los usos compartidos. Míralas ahora, reconócelas, pero sintiendo. Doy algunos ejemplos tan cotidianos como sorprendentes, para una civilización de prosistas:

Llueve a mares. Temblaba como una hoja. Dulces besos. Escapé por el filo de una navaja. Mi pensamiento se nubló. Se puso amarillo de envidia. Me duele el alma. No somos nada. Como quien oye llover. Se fue al otro barrio. Comer como un pajarito. Trabajar como un buey. Era dulce como la miel. Amarga mirada. Acobardado como un pájaro sin luz. Río que suena, agua lleva. Dormir como un tronco. Estás en las nubes. Está más muerto que vivo. Me suena a conocido. Soltaba sapos y culebras por la boca. Corría como alma que lleva el diablo. Le pusieron de hoja de perejil. Está hecho un saco de huesos. Ojos de paloma. Dientes de perla.

Son frases cotidianas. Son metáforas. Son poesía. ¿Hace falta que siga?

Mi pensamiento es, por tanto, que la poesía, aparte de ser esencial y de sumergirnos en lo bello -alimento del espíritu-, nos es necesaria para escribir y para leer incluso en prosa, es decir, la necesitamos para ser “seres-humanos”.

No es raro, pues, que a pesar de haber quemado mis escritos a la mitad de mi vida, conserve de mi segunda mitad más de veinte poemarios y varias colecciones de poemas que se me caen de entre las hojas y los dedos…

Y ahora explico a qué llamo poemario. Un poemario -en mi acepción personal- es un conjunto de ideas, sentimientos, actos, objetos y símbolos, puestos en palabras bellas, que tratan de un mismo tema central y que, al igual que en una historia, tienen un planteamiento, un desarrollo y una conclusión. Si escribo poemas sueltos y unitarios y los arropo en grupos, a eso lo llamo “colección de poemas”.

En cuanto a la forma poética, amo tanto el verso libre -que me transporta por su corriente de río- como la poesía antigua y formal -que me sujeta en su entramado, su ritmo rimado-. Toda naturaleza poética tiene su ser-belleza.

Concluyo diciendo que, para mí, un poema nace de un destello, de una vivencia, de un instante, de un acto de comprensión o de una pincelada de la vida. Eso es lo mismo que decir que todo poema tiene su historia. Lo que ocurre es que, en vez de contar el argumento, la poesía esparce palabras por los linderos del amor.

Poemarios

El mundo, al final. Tardes en la biblioteca. Punto y Contrapunto. Conversación de la noche. Por un violín. Carta al viento. Un amar que no me salve. La vida en la cara. El libro de las Reinas. Cuaderno para la Pascua. Amar amar. Cartas al corazón peregrino. Horas navegables. De cal y de arena. Taller de poemas. Apocalipsis de la soledad. Canción de colores. Requiem. Tardes en la Biblioteca. Capitulario. Once sonetos de amor, una espinela y una canción esperanzada

Colecciones

Musicable. Sonetos. Para Alegna.

El mundo al final fue premio José Rodao de poesía 1983

Carta al viento. Un amar que no me salve. La vida en la cara y El libro de las Reinas  están en bubok.eslulu.comespanol.free.ebooksamazon.comIntermón  Oxfam

Conversación de la noche está en Iberlibro.